En medio del contexto de guerra que se recrudece a nivel global las cifras de la atrocidad en México continúan en aumento. Antes del espectáculo del domingo 22 de febrero, en Puebla se había intensificado la guerra, aunque el Estado no quiera usar esa palabra esa es la dinámica que se encarna en lo que hay detrás de las ejecuciones, desapariciones, agresiones y en el lenguaje que usa cuerpos para mandarse mensajes, mensajes que a pesar del silencio que guardan arriba sabemos entender e interpretar quienes no nos conformamos con las justificaciones que se entonan.
¿Pero por qué nos importa voltear a ver estos actos? Porque como sociedad no podemos cerrar los ojos y tapar nuestra capacidad crítica para interpretar lo que hay detrás de cada una de las agresiones que en Puebla aumentaron las últimas dos semanas.
Monitorear la realidad debería de ser tarea de todos y todas porque de lo contrario nos veremos sumergido/as en el torbellino de la guerra sin saber cómo salir de ella. Lo dijimos en la presentación del Monitoreo 2025 hace unas semanas, lo que estamos presenciando son los efectos de un negocio altamente lucrativo: el negocio de la muerte, que ha sido permitido, solapado, silenciado, cobijado por estructuras estatales.
En Puebla las cifras de la atrocidad han aumentado de modo exorbitante, pues tan solo en febrero ha habido aproximadamente 35 ejecuciones.
Nuestro monitoreo, efectuado mediante revisiones hemerográficas de modo cotidiano, se ha topado con que existen muchos casos en el Estado de Puebla sobre todo en lugares más lejanos a la Ciudad en los que no hay evidencia periodística, es decir: no hay nota. Es abrumador decir y reconocer esto, pero es necesario nombrarlo, contar las cifras de la atrocidad es necesario, pero también lo es no contribuir a normalizar, cuantificar y banalizar un acto profundamente atroz e inhumano. Es profundamente riesgoso negar y mantener en la opacidad lo que ha habido detrás de estos actos, cosa que tan solo en las últimas semanas ha sido la respuesta oficial que con descaro busca ocultar y esconder las historias que la sociedad necesita conocer para ubicar el lugar en el que vivimos y la realidad que nos asecha.
No es raro hallar una vez más la práctica estatal de esconder a las y los muertos porque así se esconden los efectos de una guerra que no cesa garantizando así la impunidad, rutinizando la obstaculización de la justicia, borrando huellas de un negocio altamente lucrativo que desecha cuerpos.
Es igualmente preocupante ver el nivel de riesgo al que fue expuesta la población de Jalisco y de otras 20 entidades del país con la acción espectacular el 22 de febrero de este año. El operativo pareció servir más para darle a Donald Trump la posibilidad de adjudicarse y alardear una victoria cosmética, y a Claudia Sheinbaum y a la clase política mexicana la posibilidad de reforzar su militarismo y la militarización del país, que para realmente desarticular una industria de crueldad y muerte arraigada en las instancias de gobierno, en empresas legales e ilegales, en el mundo financiero. Es preocupante que el sensacionalismo del 22 de febrero se quiera presentar como una victoria mientras se perpetúa el dolor y la crueldad.
La agresión contra las y los compañeros de el Salto, Jalisco que el domingo 22 de febrero mientras realizaban acciones de observación en el territorio y monitoreaban las descargas industriales fueron retenido/as, obligado/as a descender de su camioneta que fue incendiada junto con todos sus teléfonos celulares y el equipo que usan para realizar el muestreo para registrar los contaminantes que son vertidos impunemente por las empresas del corredor industrial del Salto nos preocupa y nos hace ver una vez más que fácilmente podemos ser agredido/as en un contexto de guerra, desde luego esto no fue nota, no se cacareo como seguramente sucedió con mucho/as otras personas en Jalisco y en otros Estados en los que se manifestaron narco bloqueos.
Nos preocupa que en medio del clima de espectáculo se quiere instalar la narrativa militarista se aplauda como heroica, que las lágrimas del General Trevilla logren aún conmover cuando desde arriba nunca ha habido una lágrima para las y los desaparecidos, cuando las Fuerzas Armadas han sido responsables de un alto porcentaje de crímenes atroces y violaciones de derechos humanos contra la población civil desde hace 20 años.
Hemos insistido en el Nodo de Derechos Humanos en que es necesario nombrar la atrocidad pero también responder a ello organizado/as para cuidarnos en común, no podemos dejar pasar una atrocidad más con los ojos cerrados, en silencio, nombrar la guerra no puede ser en ningún sentido un acto de simpatía con los grupos políticos que hoy aprovechan las tragedias para posicionar sus banderas y luego sacar provecho electoral cuando antes han sido participes de la guerra, cuando antes justificaron las atrocidades que hoy condenan. La condena social es de abajo, va más allá del poder porque el poder es centro del crimen, lo alimenta, lo esconde, lo garantiza.
¿Sobra decir ya basta?
¿Sobra indignarse?
Nodo de Derechos Humanos


